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domingo, 20 de mayo de 2012

Dos poemas de Ricardo Escartín Navarro



Cupido adúltero
 Ahí radica el centro
del humano dolor
cuando al espíritu
la paz no alcanza
sin saberlo en su persona
aplica al otro
insincera compañía
acercamiento aparente
eventos catastróficos
una buena borrachera
la infidelidad flagrante
afectado por la serenidad
devastada, cuando afina
la puntería Cupido y hiere
de muerte al adúltero.




Noche de viernes
La vuelves celebración
con tu sonrisa en los ojos
deleitada del frescor
por el tinto sobre la fruta

Desbordas tu contento
contra los manteles de la alegría
no niegas ni un segundo
festejar hasta el tope
en el instante ingenuo
que llenas con tu dicha

Saboreas el ruido intenso
ante la mesa de la vida
la resistencia te abandona
vuelan tus brazos y tus sueños


Ricardo Escartín Navarro
Odontopediatra/Poeta

martes, 10 de abril de 2012

Pastelillos de palabras


Por Andrea Herrera

Que detrás del puesto de pasteles, estaba el aire que corría y la gente que pasaba.
Nadie veía los pasteles, una pena. Porque los pasteles estaban esponjosos, coloridos y adorables. Tenían formas varias y esperaban. Ahí, para que se les vea, les vieras que tú les contemples, con esa textura tan de ellos: textura pastélica… ¿será?

Luego a los escritores, sobre todo a los grandes; les da por conjugar palabras inconjugables, conjugan hasta los adverbios. Pero es así, el lenguaje, a veces, si no es que siempre, no logra expresar lo que se viene, lo que se siente. La cuestión realmente, no es que la palabra no quiera y no es por capricho, es simplemente que afirma que N-O P-U-E-D-E. Es imposible y complicado, como una red de telaraña vieja, suplicar a las palabras que expresen lo que el pecho encierra, lo que la sonrisa desbordada hasta el sangrado, y las mordidas dadas al cup-cake, algo de harina y huevo.
 
Cuando sujetas mi mano está el calor del café presente delante de mí, junto al panecillo. La palabrería no lo expresa como “calor de café en mano con glasé”, entonces yo me limito. Y así, decido sujetarte más fuerte y por debajo de las venas.
Las palabras no ceden. Entonces nos fragmentamos y nos rompemos.
Incluso en este momento, la palabra es nadie y es nada. La letra se deforma.
Corre una tinta y las mordidas sobre tanta palabrería.

En el fondo nos sentimos y nos vemos tan pastelillos. Detrás de nuestra vitrina luminosa, tan quietos. Aguardamos con nuestra pastélica consistencia, humana, muy humana. Intentando comunicarnos, con palabras y azúcar; esperando algo, aguardando, alguien, ser visto o simplemente algo. Pero esperamos sobre todo ser devorados con, palabras verdaderas.
Y después la muerte, más, más y allá, la muerte. La muerte de la palabra arrodillada ante la caracola sorda de nuestro oído, así: tan simple, dirigida al precipicio.